MI PRIMERA VEZ
- Elizabeth Añazgo
- 30 jun 2020
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 1 jul 2020
Por: Stwar Vela
Martes 30 de junio del 2020
Ya tan solo faltaban 6 días para el inicio de mis clases virtuales, donde la incertidumbre de cómo serán las ‘’clases en línea’’ me mataban. También me sentía un tanto motivado porque estaba cerca de mi familia, con todas las comodidades que un universitario pueda pedir, pero sobre todo me sentía contento porque ahora iba a estudiar en mi ciudad, en la tierra que me vio nacer y crecer: Rioja-San Martin , mi rica selva. El día esperado ya llegaba, mis cosas estaban ya casi listas, había separado un lugar justo para mí comodidad y tranquilidad en mi habitación. Al menos yo, nunca había tenido o llevado algún tipo de clases de forma virtual, al igual que muchos estudiantes de mi región, supongo.
El profesor de mi primera clase virtual del día, empezó tomando la asistencia, y hasta ahí todo chévere, yo magníficamente entusiasmado. Presté atención a cada dicha expuesta, sobre todo a la larga introducción que se metían, y cuando hablaban del propósito educacional en el ciclo, yo concentradísimo. Como en todo principio, la motivación es grandísima, y yo quería conocer el panorama para no fracasar en el intento virtual.
- ¿Qué tal sobrino? ¡Te vi toda la mañana en tu computadora, seguro jugando!
-¡Ay! El vicio, el vicio.- Agregó mi tío.
Mi madre interrumpió asintiendo.
-¡No, Lucas! Son sus clases, con todo esto del virus ahora los muchachos son full internet.
-Si, tío. Ahora llevo clases virtualmente.- Agregué.
-Que bueno, de esa manera se entretiene en algo bueno y de paso que no se atrasan en el ciclo.
Una vez más miré al techo y suspiré, dentro de mi dije: “Quizá lo mejor de todo esto es que no me atrase, quizá tenga razón”. Al final me levanté y me fui a mi habitación, para mi suerte, varios de mis cursos empezaban seguidos de la hora de almuerzo, unos minutos después, para ser exactos.
Mi cuarto no es una recamara de Michael Jackson, ni del tamaño del baño de Alan García, pero es lo suficiente para remplazar una clásica silla de pollada por un mueble para estar mas “cómodo” mientras atendía al meet.
Ahora, después de una semana, ya no eran mis primeras clases, pero intentaba tener la misma vibra del inicio en cuanto a ganas y motivación. Diapositivas pasaban, lecturas dejaban y mi mueble parecía tener una especie de sedante cada vez que me sentaba.

Creí que poco a poco mis ganas de concentrarme incrementarían, pero conforme pasaban el tiempo, irónicamente todo mi supuesto “espacio de estudio” se volvía más cómodo, para mi mala suerte.
Las mañanas eran más cortas, sentía menos estrés al mismo tiempo que los gritos de mi madre me ensordecían…
-¡CARAJO! Estás “presente, presente” todos los días, y ni tu cara te has lavado. Con la cobija encima y tus ojos cerrados seguramente aprendes.
Los días pasaban, las noticias iban de mal en peor y “mi primera vez”, que ya no era primera, sino más bien ochentava, pues tomó un giro tremendo. No sólo me puse pilas, si no que esta vez me puse baterías de teléfono de astronauta para no jalar, iba a ser el colmo de los colmos jalar con todas las comodidades a mi mano, aparte que iba ser una decepción para mis padres, que me haya atrasado y que el dinero haya sido invertido en vano.
No iba afirmando por el mundo lo aburridas y eternas que podían llegar a ser mis clases, pero sí que era uno de los mejores tiempos para ponerle ganas y ahorrar dinero. Los pasajes del chino y su rapi desayuno de la tía veneno se iban para el chanchito del ahorro y eso, sumado a que aprendía a lado de mi familia y con todos los recursos, hicieron que chico cuarenteno en busca de comodidad se pusiera mano al pecho pese a lo aburridas y sedantes que pueden ser las secuelas de la primera vez.










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